Resulta complicado entenderlo, incluso para los que nos dedicamos a ello. La práctica de la psicología clínica, la psicoterapia o cualquier tratamiento psicológico conlleva esa extraña paradoja de estar solo en compañía.
Estamos toda nuestra jornada profesional hablando y acompañados de personas y a la vez estamos solos.
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Es cierto que tenemos nuestros supervisores, que hay psicólogos con más experiencia que nos aconsejan, ellos nos dan su opinión, nos orientan, aunque la decisión final es nuestra, nos comprometemos y decimos, actuamos y orientamos… en ocasiones nos equivocamos…en otras rotundamente acertamos. Hacemos reuniones clínicas en grupo, aportamos nuestra visión de casos para que otros compañeros y nosotros mismos podamos absorber experiencias. Nos reciclamos, hacemos formación continuada, es decir nunca dejamos de leer de escuchar de aprender, es una profesión en continuo cambio donde todo no está inventado pero que debemos tener el respeto suficiente como para no ser atrevidos inventores.
En el día a día, me enfrento a problemas de los demás en los que me implico, sufro, me emociono. En buena parte de ellos mi experiencia profesional me orienta hacia las alternativas terapéuticas que llevan a resolver la traba planteada, pero no siempre es así –afortunadamente diría-. En algunos casos siento que no sé qué hacer, quiero ayudarles, pero no tengo todos los recursos que quisiera, y además en ese momento la persona que está frente a ti suele pedirte que seas tú quien le ayude a resolver lo que le ocurre.
La omnipotencia terapéutica no es un fin es una realidad, somos personas en la extensión más llana de la palabra, que nos dedicamos a una profesión que para algunos –diría yo asustadizos de pasar por el proceso- sólo nos dedicamos a hablar o en el peor de los casos ni eso, sólo escuchamos – ¡como si eso fuera fácil! -. El otro día tuve una conversación muy refrescante con uno de los componentes de mi equipo, que con su aplomo habitual y su perspectiva dinámica me trasladaba con gran habilidad la reflexión sobre que sólo somos el vehículo, que nosotros no somos los que debemos hacernos cargo de los problemas de los pacientes, son ellos con nuestra ayuda los que resolverán lo que les preocupa. Pero llegábamos también a la conclusión que resulta difícil abstraerte totalmente de que sí que formas parte de ese proceso curativo.
En nuestro trabajo nos apoyamos en los recursos técnicos, experienciales y personales que poseemos con el único objetivo de acercar al paciente a un equilibrio emocional y personal. La felicidad no es estándar, no todos deseamos lo mismo y nuestro deber es saber leerlo y ayudar a la obtención de esa felicidad individualizada. Pero no podemos ir más allá, cumplimos nuestra función de corresponsabilidad con el paciente pero sabiendo donde están nuestros límites.
Buena parte de mi labor terapéutica se realiza en un espacio que considero agradable y frente a personas a las que acabo apreciando. No es una percepción única muchos de mis colegas sienten esa misma implicación. Los psicólogos no somos especiales, cualquiera puede serlo, cualquiera que lo quiera ser y sea capaz de poder empatizar, desdoblarse y ver el mundo desde los ojos de la persona que tiene delante. No quedarse atrapado en esa visión y con la capacidad de poder dar alternativas a quien tiene delante. Ello nos lleva en ocasiones a saltarnos el protocolo. Me reconforta saber que hay colegas que son valientes y sin perder su profesionalidad son capaces de tomar decisiones que van más allá del seting terapéutico, se permeabilizan con el dolor de sus pacientes y son capaces de acercarse en una situación tan dramática como la muerte por autólisis para corresponsabilizarse con la pareja y apoyar, ir hasta su casa y decir yo también lo siento y estoy aquí. Todo no pasa por nosotros, ni siquiera, en ocasiones puede evitarse. No nos rendimos, no decimos no se puede hacer nada, lo intentamos, no siempre podemos.
La realidad es que tomamos decisiones, ir a visitar a nuestros pacientes cuando están ingresados, cuando estos no han querido ser ingresados y nos ven como los que les hemos traicionado…solo les queremos ayudar, y eso conlleva tomar decisiones a veces contrarias a los deseos del paciente. Hemos hecho visitas a domicilio, por teléfono, implicando a parejas familiares…contactamos con psiquiatras, naturópatas y otras hierbas con la intención de acercarnos más a la visión del paciente o a encontrar claves para iluminar alguno de los caminos que aún no vemos.
Mi profesión es atractiva, muy gratificante, también es estresante, difícil y en ocasiones angustiante, no tenemos la piel de un elefante y nos sensibilizamos con el dolor, otra cosa sería contraria a la labor terapéutica.
Quizás para todo ello y desde la perspectiva clínica privada sea inevitable pasar parte del proceso en soledad, pero y quizás después de releerlo también siento que debemos hacerlo así, somos el filtro que tamiza lo que el paciente no puede, la brújula que lo orienta y por tanto no rehuyó el proceso, lo disfruto. Agradezco a mis pacientes que me permitan sentir la soledad para acompañarles.