Escribe
Soy un afortunado. La vida no ha podido tratarme demasiado mal -hasta ahora- en alguna ocasión lo ha intentado y ha estado a punto de conseguirlo. Seguramente no digo nada nuevo ni original, a muchos de vosotros, de los que me leéis, estoy convencido que lo habéis sentido igual. La vida es así, difícil, dura y brutalmente atractiva. Hay que saber disfrutarla y también hay que saber recuperarse de los golpes que nos da. “De todo se aprende” ¿no?
Mis inicios en la psicología estuvieron marcados por un interés desbordado en todo lo que empezaba por Psi, llegué a hacer hasta un curso a distancia sobre psicología y psicoterapia. Luego empecé la carrera y paralelamente inicié un ciclo de Psicoterapeuta en un centro privado, incitado y motivado por mi amigo y profesor Ramón Llauradó –sin el cual probablemente yo me hubiese dedicado a la contabilidad, quizás se hubiese adelantado la crisis-. Este ciclo era paralelo a la facultad y duraba los cinco largos años también. En este centro no sólo aprendí psicología, sirvió para aprender cosas de la vida y me rodeó de personas que en la mayoría de los casos me doblaban la edad y que me aportaron bastante, me sentía un adolescente entre adultos que me apreciaban. En una de las noches a las que asistía silencioso y atento a las clases, me sorprendió al finalizar las mismas, encontrarme con la mirada del Dr. Portuondo –director del centro y peso pesado en el psicoanálisis cubano- que esquivaba los cuerpos que se levantaban delante de nuestras miradas y que a pesar del ruido que se produce en el extraño frenesí de abandonar una aula se dirigió a mi –me estaba diciendo algo a mí, insignificante estudiante, pensaba yo-, la frase fue altamente motivante para mí, no sólo me llenó de orgullo sino que hizo que incluso la creyera. “Esa cabecita vale mucho”, jodido cubano, no sé qué intención tenia, pero sé la potencia que me confirió y cuando revivo situaciones similares cobra todavía más fuerza.
He tenido suerte. La sigo teniendo de estar rodeado de personas que confían en mí y que de vez en cuando me acarician contundentemente. Recientemente me han soltado otra frase. Escribe. Pronunciada de forma directa, sincera y desinteresadamente. No se puede obligar a nadie ha hacer nada, sólo se les puede enseñar a que lo vean desde otro ángulo. Tengo buenos amigos, familia y personas que me quieren, que me apoyan y me empujan si consideran que me paro.
La vida en ocasiones nos frena, las circunstancias, las personas…bla bla bla…podría continuar poniendo excusas y razonamientos justificativos para demostrar-nos que cuando ocurre algo nos suele tener nada que ver o muy poco con uno mismo, que provine del exterior, pero la única verdadera razón somos nosotros mismos, debemos “resolver” lo que nos ocurre, siempre es posible, no siempre es posible inmediatamente, pero seguro los será en un futuro.
A lo largo de mi vida profesional y personal he sido yo quien más frases he podido pronunciar, quién más consejos he formulado y más inferencias he hecho del comportamiento de mis pacientes y de sus actitudes, pero injusto sería no reconocer lo importante que también es saber apreciar y digerir los nutrientes que otros nos hacen llegar en forma de aliento, palabras, gestos o guiños. “quien bien te quiere te hará llorar” eso es lo que dice el refrán, pero me gusta más “quien bien te quiere llorará al hacerte llorar”, no de pena, no de dolor, sino de responsabilidad de cariño y de compromiso.
Escuchemos lo que las personas que nos quieren llegan a decirnos. Estoy convencido que los hijos, la pareja, los amigos, los padres, los compañeros de trabajo…tienen algo que decirnos, opinan y reflexionan para nosotros, no les dejemos hablar solos.

