Te recuerdo a pesar del olvido

Quien de nosotros no ha olvidado nunca algo.
Aquel paraguas que uno inocentemente deja en el cilindro de turno en el restaurante y que luego al marcharse sin ni siquiera dedicarle una mirada a modo de despedida pasa por su lado y se aleja, quedando ya por siempre más en el olvido y probablemente en manos ajenas.
Aquel libro que de manera generosa prestamos a un “amigo”, que se mostraba muy interesado en su lectura y que inversamente demuestra el mismo interés en devolverlo, pasando así los tiempos y ya nunca más recordando a que sujeto lo prestamos, lloramos su hueco en la estantería.

Cuando un paciente llega por vez primera a la consulta del psicólogo lo hace invadido por multitud de pensamientos y una explosión de emociones. Quien ha pasado por la experiencia reconoce dudas, nervios, intranquilidad pensamientos perversos –no me va a servir de nada-, cogniciones esperanzadoras –por fin alguien me va a ayudar-, síntomas fisiológicos –no entraré en más detalles-.
También el lugar es evaluado, y como no la sala de espera. Que nombre ¿verdad?, una habitación que solo sirve para esperar. Las hay muy diversas, agradables, frías, minimalistas, rococos… deben reflejar algo de lo que allí dentro nos encontraremos.

Esta pequeña historia trata de ello.
El reloj ya había rebasado las horas, suena el timbre y como es habitual aparece en la puerta un caballero. Saluda y corresponde a la devolución del buenas noches con un “tengo visita”, “por supuesto caballero, acompáñeme, ahora le atenderán” –le responde el psicólogo, acto seguido queda solo en la sala de espera.
Los momentos iniciales son de rastreo y están llenos de curiosidad y cierta dosis de incomodidad. “¿a ver qué revistas tienen?, “Vaya tienen página web”, se sienta e intenta controlar la inquietud, como será mi terapeuta, me han dado buenas referencias, seguro me ayudará….bueno pronto saldré de dudas…pues no, pronto no.

Cuando pasan unos minutos de la hora prevista uno empieza a impacientarse –algo totalmente antónimo de la definición propia de paciente-. En su cabeza está el quizás vaya con retraso, al ser mi primera vez no sé cómo funciona esto y la larga experiencia en las consultas de la SS nos reafirma en el todos son iguales. Cuando la aguja larga ya corta definitivamente los 30 minutos de espera la soledad empieza a hacer mella en el caballero que espera.
“Quizás me he equivocado de hora, de día, de lugar, seré yo mismo una equivocación”. Después de unos momentos en que se consulta el teléfono, la agenda, el papel con la dirección se autoconfirma y niega la posibilidad del error. Por tanto: “esto es una treta de psicólogo, debe formar parte de la terapia, estará poniendo a prueba mi compromiso…pero que compromiso si todavía no hemos empezado a trabajar”

El tiempo seguía avanzando y el paciente cada vez se sentía más viejo, incluso se sentía olvidado. La soledad de la sala de espera empezaba a calarse en sus huesos. Las letras impresas de las revistas bailaban frente a sus ojos, ya no podía concentrarse en ellas, tan solo pasaba las hojas de manera compulsiva. Se levanta y cual soldado en su guardia, manos a la espalda y mirada perdida, recorre los escasos metros de pared a pared de la sala de “mucha espera”. Empieza una vez más a buscar explicaciones y por primera vez a pensar en soluciones.
“Cuando aparezca este buen señor me mostraré enfadado, con mi gesto sabrá que es una falta de respeto”, “¿y si no está?”, “ ¡! debo hacer algo ¡! ”. Que hacer en un lugar desconocido, en una consulta psicológica que por cualquier menudencia pueden agravar tu diagnóstico y encerrarte como el “Conde de Montecristo”, aunque el paciente se sentía más como José Luis López Vázquez en la cabina.

Decide hacer algo por fin. Los 360 grados del reloj ya colman su impaciencia. Saca la cabeza a través de la puerta, luego un hombro y posteriormente los pies acompañan al resto de su tronco para aparecer frente a un pasillo que se extiende a derecha e izquierda. Largo y profundo, piensa, “mira como mi espera”. Sin demasiada voz se atreve a decir “hay alguien” e igual que en el chiste solo su propia voz interior responde. Vuelve a introducirse voluntariamente en su cabina a la espera de no se sabe qué final.

Por fin unos pasos se acercan hacia la puerta. Alguien llega, “¿será él?”. Decididamente entra un hombre en la sala de espera. Al paciente se le iluminan los ojos, ha venido a salvarme, se levanta y se acerca a darle la mano cual princesa frente a su caballero. Hola sr Tal, a modo de saludo. Lo siento no soy yo, ¿tenía usted visita con el sr Tal?. Todos los peores augurios se hicieron realidad, se ha olvidado de mí, ni siquiera importo a mi psicólogo.

Después de otros minutos extraños se aclara de manera suficiente y muy acompañada de disculpas la situación, un error. Un olvido de algo importante. Como no ser así.

A veces no se recuerda pero lo que sí es cierto es que nunca se olvida.

2 comentarios
  1. Sergi Florit
    Sergi Florit Dice:

    Gracias Vicens por tu comentario. Como siempre, has profundizado y mejorado la sala de espera con tus refexiones. Como ya me conoces y somos de -como era aquello de “una libra de clavos y un formol”, o algo así- me gustaría proponer la idea de lo dificil que a veces es seguir las coordenadas lógicas, sanas o que nos marcan, cuando nuestros sentimientos, las emociones que personas y situaciones motivaron, nuestras espectativas de vida, en definitiva aquello que una vez perdimos sin saber ni que hicimos para que se escapara de nuestras manos nos lleva a la irrenunciabilidad. Yo quiero lo que tenia y no quiero algo parecido, quiero aquello; por tanto olo me queda esperar.
    Un abrazo

  2. vicens
    vicens Dice:

    …la espera lleva implicita algo de esperanza. En según que momentos de la vida, es mas alentadora una sala de espera fría y desconocida, que la propia existencia. Un pasado y presente, que aún siendo conocidos nos llevaron a ver en una sala de espera con revistas atrasadas y techos altos una posible alternativa hacia mejores esperanzas. Lo malo es que tras ese tipo de salas de espera, en algunos casos el correr de la vida nos lleva a otra sala de espera en donde el retraso no se cifra en minutos…ni tan siquiera en horas sino en mucho mas. La sala de espera de la vida misma en donde las cosas siguen sin cobrar sentido. Tras la espera en el primer tipo de salas, mas o menos amargamente uno “asume” o “ve” o “aprecia” que viene de un pasado sin demasiada sustancia lleno de equívocos que han desembocado en aquella sala de espera de revistas atrasadas y techos altos. En el mejor de los casos la sala de espera da entrada a un despacho clarificador . Ese despacho saca a algunos de una carretera por la que llevaban años circulando sin llegar a ningún sitio -o al menos a ningún sitio beneficioso para ellos mismos- y les sirve para tomar una nueva ruta. Ahi, el psicologo actua como el “full-equip” de los gps. El ultimo modelo con el mas moderno y actualizado software y con mapas perfectamente actualizados en donde hasta el ultimo punto esta marcado. A partir de ahi, queda en manos del conductor escoger visitar las coordenadas que prefiera, pero consciente de que la odiosa voz del chisme lo llevara realmente o un parador nacional de 5 estrellas o al mas proceloso barranco apto para suicidas.Queda a elección del mas o menos aventurero conductor la ruta a escoger. Lo malo es cuando se sale de la sala de espera con ese flamante gps en perfecto estado de uso y al corriente de cartografía y tras muchos intentos con otras tantas coordenadas introducidas en el chisme, la dichosa vocecita no lo ha llevado a uno a ningún sitio. Empiezan las dudas….las preguntas…”estaré haciéndolo bien?”…”sera por aquí?….pues no, no era por aquí”….”sera por allá?….vaya, pues tampoco”…..”!!ah claro, que tonto…si era por allí,!!!….joder…pues tampoco era por allí”.
    Y un dia tras otro se hace de noche sin que ninguna coordenada haya sido fructifera y al final de cada nueva jornada de busqueda te paras en un hostal de carretera de esos en donde dormita un encargado que a duras penas te da la llave de un cuartucho frio y desangelado en donde pasas la noche pensando en nuevas coordenadas y asumiendo cristianamente la provisionalidad de tu existencia presente. Y vuelve a hacerse de día y nuevas coordenadas y nuevos fracasos. Llegas a lugares que estan llenos de gente feliz y contenta de poder visitar e incluso quedarse a vivir pero…..que a uno mismo le parecen insulsos y desde luego ajenos. Te pasan cosas por la cabeza …tienes tiempo de dudar de ti mismo, del gps y hasta de si la tierra es redonda o si algún misterioso satelite esta interfiriendo en tu sistema de orientación.
    Y es que no hay peor sala de espera que la que no tiene a derecha o izquierda, pasillos con puertas. En estas salas de espera, solo puede hacerse eso…”esperar”…tu única compañía es el silencio solo roto por un reloj haciendo tic-tac o por el run-run de tu propia cabeza que va y vuelve de mil sitios pasados y no tan pasados en donde nada ni te dejo, ni te llevo a quedarte…

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