BERTA

 

RENACER

Cuando uno lleva meses de tormenta, de ceguera, de parálisis interior, de interiorización desfigurada y no nota el sabor de un helado, la sonrisa de un niño ni el trino de los pájaros. Cuando a uno le da igual, día tras día, que el sol salga y se ponga y no quiere tener nada que ver con ello ni se da cuenta de lo hermoso que puede ser ir al mercado o pasear sin rumbo a ver donde te lleva los pies o el alma. Es hermoso levantarse una mañana con la casa en silencio y hacerte un café con leche muy caliente y sin azúcar, salir al balcón en pijama y ver un pájaro volar sintiendo que te dice adiós o que te llama para que mires su belleza. Es increíble ver que las mismas cosas que ves cada día se transforman en algo nuevo y viejo a la vez, en algo que es casi un regalo, un regalo de Dios o de la vida, pero tuyo, únicamente tuyo. Si le dices a alguien que en esos momentos creíste renacer, se reirán de ti, pero tú, por dentro podrás reírte, feliz, mucho más que ellos. No hay nada como sentir vibrar la vida, nada como sentir la paz como si fuera tu propia sangre que te empuja a andar hacia la luna. No importa que ese sentimiento o ese estado de trance duren poco, o se marche tan rápido que, como pompa de jabón, no puedas atraparlo. La cuestión amigo, amiga, la única verdad que debes guardar dentro es que eso lo sentiste y lo volverás a sentir, igual que volverán las tormentas y los días de pánico al levantarte. Recuerda que no estás solo, que hay gente como tú que llora desconsoladamente al oír una canción y no sabe porqué. Recuerda que tú no elegiste tu enfermedad, pero sí puedes enfrentarte a ella. Busca una rutina. La mía empieza por limpiar la casa y desayunar al mismo tiempo (imagínate qué original). Tengo una depresión recurrente, pero no por ello soy menos válida que los demás y mucho menos, menos inteligente. Hoy, algo me ha llevado a ti. A ti, que ni sé quién eres o cómo te llamas. Pero me hermana contigo algo que va más allá de las palabras, algo que se parece a la palabra esperanza, a la palabra ilusión y a saber, que llueve sí, a veces a raudales; pero después, un sol multicolor te espera al otro lado de la esquina y eso, eso compañero, no creo que la gente que se autodenomina normal llegue nunca a sentirlo. Te diría amigo, amiga, una y otra vez que no estás solo. Llama, pide, busca, lee, grita, llora, escribe, escríbeme, haz lo que tengas que hacer, y si no puedes hacer nada, dedícate a mimar tu corazón, como si fuera la luz de la mañana. Gracias por leer esto, amigo, amiga, compañeros de risas y de penas. Un abrazo, Berta.

AHUYENTAR LOS FANTASMAS

 

Durante años Hitoshi intentó- inútilmente- despertar el amor de aquella a quien consideraba ser la mujer de su vida. Pero el destino es irónico: el mismo día que ella lo aceptó como futuro marido, también descubrió que tenía un enfermedad incurable y le quedaba poco tiempo de vida.

Seis meses después, ya a punto de morir, ella le pidió:

Quiero que me prometas una cosa: que jamás te volverás a enamorar. Si lo haces, volveré todas las noches para espantarte.

Y cerró los ojos para siempre.

Durante muchos meses, Hitoshi evitó aproximarse a otras mujeres, pero el destino continuó irónico, y él descubrió un nuevo amor. Cuando se preparaba para casarse, el fantasma de su ex-amada cumplió su promesa y apareció.

Me estás traicionando –le dijo.

Durante años te entregué mi corazón y tú no me correspondías –respondió Hitoshi. -¿No crees que merezco una segunda oportunidad de ser feliz?

Pero el fantasma de la ex-amada no quiso saber las disculpas, y todas las noches venía para asustarlo. Contaba con todo detalle lo que había sucedido durante el día, las palabras de amor que él había dicho a su novia, los besos y abrazos que se habían intercambiado.

Hitoshi ya no podía dormir, así que fue a buscar al maestro zen Bashô.

Es un fantasma muy listo –comentó Bashô.

¡Ella sabe todo, hasta los menores detalles! Y ya está acabando con mi noviazgo, porque no consigo dormir y en los momentos de intimidad con mi amada me siento muy inhibido.

Vamos a alejar a este fantasma –garantizó Bashô.

Aquella noche, cuando el fantasma retornó, Hitoshi lo abordó antes de que dijera la primera frase.

Eres un fantasma tan sabio, que haremos un trato. Como me vigilas todo el tiempo, te voy a preguntar algo que hice hoy: si aciertas, abandono a mi novia y nunca más tendré mujer. Si te equivocas, has de prometer que no volverás a aparecer, bajo de pena de ser condenado por los dioses a vagar para siempre en la oscuridad.

De acuerdo –respondió el fantasma, confiante.

Esta tarde estaba en el almacén y en un determinado momento cogí un puñado de granos de trigo de dentro de un saco.

Sí, lo ví –dijo el fantasma.

La pregunta es la siguiente: ¿cuántos granos de trigo tenía en mi mano?.

El fantasma, en ese instante, comprendió que no conseguiría jamás responder la pregunta. Y para evitar ser perseguido por los dioses en la oscuridad eterna, decidió desaparecer para siempre.

Dos días después, Hitoshi fue hasta la casa del maestro zen.

Vine a darle las gracias.

Aprovecha para aprender las lecciones que hacen parte de esta experiencia –respondió Bashô:

“En primer lugar, aquel espíritu volvía siempre porque tenías miedo. Si quieres alejar una maldición, no le des la menor importancia”.

“Segundo: el fantasma sacaba provecho de tu sensación de culpa: cuando nos sentimos culpables, siempre deseamos –inconscientemente –el castigo”.

“Y, finalmente: nadie que realmente te amara te obligaría a hacer ese tipo de promesa. Si quieres entender el amor, aprende la libertad”.

Mi recuerdo para ti, Noemí.

 

Pero qué hermosa estabas. De tus manos inertes pendía un pequeñísimo ramillete de florecillas blancas y eso te hacía parecer una bella princesa durmiente. Nunca pensé que podrías transmitir tanta belleza, que me parecieses tan bonita allí, dormida para siempre. Tu rostro reflejaba paz, serenidad; la crispación ya no tenía cabida, pero tampoco tu risa contagiosa como han recordado en tu funeral y esto me ha hecho pensar en el tiempo que hacía que no la escuchaba. Me he sorprendido porque ya no recordaba esa risa que cuando empezaba no la podías parar, que casi te ahogaba y los que estábamos a tu lado no podíamos reprimir reírnos con y de ti… hace demasiado tiempo que no lo recordaba… dejamos de compartir buenos momentos. Las posiciones inflexibles no ayudan al acercamiento ni a vivir el afecto con libertad y nos fuimos separando de a poquito, sin darnos cuenta. El tiempo pasa inexorable, sin piedad y podemos utilizarlo para construir, para destruir o para dejar las cosas igual y optamos por no luchar, quizás no supimos. Ahora ya no estás. Te fuiste sin sentirlo, en un abrir y cerrar de ojos, así te fuiste, en silencio, discreta, como fuiste toda tu vida. Siempre tan tuya. Te fuiste a descansar, tus ojos se cerraron y decidieron no volver a abrirse nunca más. Decidieron no volver a ver a tu padre, que llora inconsolable tu pérdida como lloró hace más de veinte años a tu madre, ni a tu familia, ni a tus amigos ni a tus compañeros ni a los que te quisieron, ni a los que te quieren, ni a los que no te quieren. Ya no verán más a Nitsa, la pequeña perrilla mimada. Ya no tendrás que seguir luchando por tu trabajo con el que disfrutabas y sufrías tanto, quedándote horas y horas que nunca te fueron recompensadas como te merecías, eso sí, ahora eres una trabajadora ejemplar, responsable, y bla bla bla…lo saben todos, todos recibieron el mail de la empresa. Palabras, sólo palabras.

Se acabó tu tiempo y se acabó nuestro tiempo contigo. Nosotros seguimos, ya sin ti, hasta dónde y hasta cuándo lo desconocemos. Desde que nacemos estamos muriendo y esta es la única certeza. Te echaremos de menos a pesar o quizás gracias a nuestras diferencias. Tu ausencia nos está enseñando mucho, nunca te lo habrías imaginado, ¿no es así?. Te quisimos y te queremos porque el amor está por encima de los desencuentros. Algunos no lo entenderán nunca, pero no nos importa, ya no…

Qué hermosa estabas, quiero recordarte así, dulcemente dormida, en paz. Hasta siempre, breve Noemí. Estimada Noemí.

   

Blossom