Cuento de verano

Sólo la lejanía vista desde Finisterre era más profunda que el vértigo que se producía en su mente. La simbiosis de células neuronales, materia gris y sentimientos pertenecía a RunRún. Claro, ese no era su nombre. Lo acuñó el papá de RunRún al poco de nacer, y se convertiría, de manera especialmente descriptiva, en su mejor definición, en una especie de designio que lo perseguiría, por delante de él, hasta el resto de sus días.

Los sonidos guturales que se reproducían, de forma involuntaria y mágica, cuando sentía a su alrededor emoción, eran el origen de su apodo. Siempre fue así, siempre sería así. RunRún, resonancia como la del gato regocijándose frente a la calidez de una caricia, como la esperada evolución de un vino a la espera de ser descorchado para su disfrute, como la dulce sensación del azúcar madurado en el corazón de una fruta…sin más RunRún.

            No sabía como lo hacía, es más ni siquiera se había planteado hacerlo, pero azotaba consciencias, removía pensamientos, desequilibrada enquistaciones. Ya de pequeño tenía dudas acerca de si las “cosas” debían ser como eran, no entendía la desigualdad, la discriminación, ni siquiera contemplaba diferencias en los colores. La vida no fue fácil para alguien que no podía entender la existencia sin armonía, sin equilibrio. Le costaba aceptar –de hecho no lo hizo nunca- que resultaba muy difícil que lo justo fuera lo usual, que el sol saliera igual para todos independientemente de su posición en la tierra, que las medicinas llegaran a quien las necesitaban y no fueran los necesitados los experimentadores que generaban las enfermedades, que el trabajo tuviera un justo precio y no acabara con las ilusiones de los asalariados, que el dinero no fuera exclusivamente de quien lo tuviese.

            Desde su adolescencia y sobretodo en la madurez de su vida adulta, su expresión se arrugaba frente a las palabras que alcanzaban sus oídos –“que más da”, “total por un papel”, “sí no son de aquí”, “es mi mujer y me debe obedecer”-, sus ojos se tornaban fríos en la expresión, sus labios se apretaban para abrirse sin freno frente al torbellino de palabras que pronto surgían, no siempre conseguía remover o conscienciar, pero eso tampoco era lo que pretendía, ¿entonces que pretendía?, que sencillo era la respuesta, ser consecuente con él mismo, aceptando sus propias limitaciones e incluso doliéndose por cuando él mismo cometía pequeñas injusticias. El poder trasladar sus ideas ya era suficiente, luego cada quién.

            El mundo se definía por su mirar de lado, pero no para RunRún. Ya en el colegio le parecía injusto tener un lápiz si su compañero no tenía otro y compartía el suyo, lo partía con la rodilla –quizás ya fuera la señal de que utilizaría cualquier parte de su cuerpo para evitar las diferencias-. Era inimaginable no mirar de frente.

            El planeta azul se devenía en multitud de conflictos, guerras, traiciones, hambre, cambios globales de temperatura, sequias e inundaciones…inacabable. Pero todo ello no era lo que más preocupaba a RunRún. Todo ello era la consecuencia, el efecto de lo que el ser humano le causaba al ser humano. No hay que solucionar si se previene.

            Serviría con poco, pensaba. Ingenuo le decían, de iluso lo tildaban. Sus teorías eran demasiado simples para un problema tan grave. Dar los buenos días y saludar con una sonrisa. No buscar el aprovechamiento propio sino la colaboración común. No utilizar más de lo necesario para que otros se pudieran servir de lo que nos excede. No mirar el color de los ojos, la piel o la religión para entender que detrás de las mascaras, ropas, sexo, ideologías, sólo, sólo hay un ser humano, tan parecido a nosotros que el único juez que lo equipara es el tiempo. Nos sentimos orgullosos de los grandes escritores, descubridores, inventores…pero después, después que el tiempo los juzgara. No somos buenos visionarios, somos incapaces de ver lo que tenemos tan cerca, la sencillez de un apretón de manos, la risa explosiva de un niño o el lento avanzar de quien ya lleva muchos años caminando. RunRún, “el ingenuo”, pensaba que si tuviéramos más en cuenta al cercano no nos deberíamos preocupar de las desgracias lejanas, ya que en la proximidad resolveríamos y evitaríamos todo lo que generamos.

            Ojala el runrún de RunRún fuese algo menos extraño, quizás si en nuestras mentes tuviéramos más acercamiento social este no sería desgraciadamente sólo un cuento de verano.

 

1 comentario
  1. Maite
    Maite Dice:

    Tiene mensaje el cuento, es de esos que después de leerlo es de obligación meditar, pero poco, la persona que lo lee piensa en cuanta razón tiene Runrún. Pero creo que también la tienen quienes le llaman iluso, porque pocas personas hacen cosas después de meditar sobre algo tan obvio como lo descrito en el cuento.
    Somos egoístas por naturaleza, evocamos el” mea culpa” solo unos minutos, lo que dura la reflexión. Me gustaría pensar que en verdad hay mentes blancas, como la de quien ha escrito el cuento, al menos esta persona se ha parado a escribir alguna verdad que está en desuso, el bien de todos, el no juzgar a los demás por su apariencia, color, religión…..
    Todo está bien, pero es solo una ilusión, la vida real explota en la cara, es difícil ver al desconocido con confianza, la hemos perdido demasiadas veces. Nos hemos vuelto solitarios y desconfiados. Es difícil mirar a los ojos de un extraño que te está pidiendo ayuda, es difícil porque cuando nuestros ojos contactan en los suyos algo te estremece dentro, ES LA CONCIENCIA ¡!! No queremos pensar que podríamos estar en su lugar, y que en tal caso nos gustaría que nos ayudaran. No nos acordamos cuando estamos agustito en el sofá, que hay seres que se acurrucan en cartones, que viven bajo techos frágiles, que no saben el menú del día porque va de acuerdo a lo que recauden en un bote de lata.
    La tremenda desigualdad del mundo traerá consecuencias y no será muy tarde. Con la crisis se ha dejado de ayudar al tercer mundo (no sé quien le dio ese lugar en la lista de números) es inevitable el confrontamiento por la supervivencia. A alguien de los que dominan el planeta, se le debería encender la luz en su linda cabeza, y entender que se debe ayudar para que no se tengan que ir de sus países a buscar mejor vida. Nadie se va de su lugar por gusto, dejando sus raíces y familia, pensemos un rato, solo un rato. Luego cada uno a sus labores cotidianas, que para cada uno son sus mayores problemas. HIPOCRESÍA ¡
    Me gusta tu cuento.

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